Policía cubana, del sensato al pandillero

La delincuencia, la violencia y el tráfico de drogas crecen frente a la inoperancia de un cuerpo represivo convertido en salida laboral para muchos cubanos empobrecidos.

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La policía cubana ha involucionado al ritmo de la crisis estructural del castrismo, desde la serenidad y agilidad operativas a turbas de pandilleros que ejercen violencia desmedida contra los ciudadanos; incluidos mujeres y jóvenes, venden protección a traficantes de drogas, piezas de los patrulleros al mejor postor, cobran favores sexuales a pingueros y jineteras y se adornan de una rudimentaria guapería, que solo revela sus grandes carencias formativas y cívicas.

El tardocastrismo ya ni se esfuerza en tapar la letra; solo aprovecha actos de violencia policial en Estados Unidos para sus campañitas de propaganda, que amplifican la brutalidad policial y aminoran las condenas; no vaya a ser que le pase como a Fidel Castro, que tuvo que mejorar la comida en las cárceles, especialmente a sus presos políticos, cuando los cubanos descubrieron que los cinco espías fracasados comían mejor que ellos en prisiones estadounidenses.

Una sociedad próspera articula una policía sensata, respetuosa de leyes y procedimientos y con capacidad para prevenir y reducir la violencia; una tiranía solo consigue uniformar a semianalfabetos funcionales, con actitudes marginales y que han encontrado en la policía una vía de escape a su pobreza y marginación.

Sufridos cubanos, aplastados por la pobreza y la ola de delincuencia que genera, suelen comentar que la policía acude rauda a borrar un cartel contra el gobierno o a reducir a alguien que lo critica a gritos, pero tarda en acudir a la escena de un robo con violencia, un feminicidio, un atraco a mano armada, etcétera, etc.

Ante las crecientes quejas ciudadanas, el gobierno adoptó simulacros propagandísticos en que aparecen uniformados devolviendo lo robado por delincuentes a las víctimas; salvo los casos de opositores y activistas antigubernamentales, que sobremueren abandonados a su suerte.

Cada dos por tres saltan imágenes de violencia policial contra los cubanos, pero dos lamentables hechos retratan la escasa preparación y la ausencia de rigor en las unidades de la PNR: el asesinato de un policía y las heridas infligidas a otros dos, mientras dormían en la subestación de Calabazar en La Habana y el feminicidio de una joven camagüeyana en una sede policial agramontina.

Cuando los cubanos se unen en un 11J, se ve a la policía retrocediendo a velocidad supersónica y asustada por lo que pueda ocurrir al día siguiente; pues sus únicos incentivos son el sueldo y los inventos que puedan hacer durante su jornada laboral.

Hace poco, la dictadura más vieja de Occidente propagandizó que un policía de Ciego de Ávila rechazó un soborno de cuatro millones de pesos; lamentablemente es excepción y no regla. Durante años, la PNR y el Departamento Técnico de Investigaciones (DTI) fueron eficaces, pero este último ya ha entrado en el juego, vendiendo, selectivamente, protección a capos de la delincuencia organizada.

Muchos policías de Tránsito suelen parar a los coches alquilados por turistas, incluidos emigrados, para intentar tumbarles cinco o diez dólares, con el pretexto de que es su cumpleaños; no son los únicos, también lo hacen médicos del “Cira García” y otros hospitales dolarizados.

Recientemente, un caballito (agente en moto) paró a un emigrado a bordo de un carro alquilado y -tras requerirle la documentación pertinente- cuestionó por qué siendo cubano entregaba pasaporte y Licencia de conducción españoles; el visitante explicó que a esos documentos estaban referido el contrato de alquiler del vehículo y que ya no poseía Carné de Identidad ni permiso de conducir cubanos, aunque también tenía pasaporte panameño.

El agente policial no lo pensó y le dijo: “Está bien, pero no te me hagas el pasaportista”. Actitudes como estas, solo revelan el caudal de ignorancia que atesoran y sus múltiples técnicas para el jineteo al menudeo, en imitación al de gran escala que practica el gobierno contra los cubanos.

El orden interior es asunto serio en la mayor parte del mundo; en Cuba -como en casi todos los ámbitos de la vida- se mueve en dos planos: la dura realidad callejera y la propaganda de tener la quinta mejor policía del orbe, mientras la ciudadanía padece la desprotección con que todo descampado agrede a sus víctimas.

La delincuencia, la violencia y el tráfico de drogas crecen frente a la inoperancia de un cuerpo represivo convertido en salida laboral para muchos cubanos empobrecidos.